¡Dientes!

Mi sobrina mayor cumplió un año y sólo tenía cuatro dientes, pero su vocabulario era enorme para una niña de esa edad, mostró gran inteligencia y perspicacia desde entonces.  Un día, a la joven que la cuidaba le pareció ver un objeto extraño en la boca de la niña. “Daniela, ¿qué tienes en la boca?”, “no tiene”, respondió.  “A ver, muéstrame”, insistía la joven. “¡No tiene, no tiene!”, repetía la niña. La joven la cargó preocupada, “ven, abre la boca, déjame ver”, pero la niña le rehuía y no le permitía tocarle la boca forcejeando con ella y diciendo “¡no tiene, no tiene!”.  La lucha acabó cuando por fin la niña dijo: “sí tiene”, “a ver, ¿qué tienes?”, preguntó su cuidadora; mi sagaz sobina, con su pequeña gran sonrisa declaró: “¡dientes!”

Por supuesto, esta se ha convertido en una historia memorable en nuestra familia, reímos con la ocurrencia y el pensamiento agudo de la niñita.  Pero esto me ha hecho pensar que lo mismo ocurre con aquellos que se niegan a creer en la verdad del evangelio.  Cuando se les habla de la creación divina, de la perdición del hombre y de la salvación provista por el Señor, les parece que son mitos, invenciones humanas para explicar el origen de lo que no pueden comprender.  Quienes no creen en las buenas nuevas de salvación a través de Jesús, escuchan el evangelio y piensan que hay engaño, que no puede ser tan simple; pero cuando se les habla mentira, cosas que a su modo de ver tienen más “lógica”, entonces prestan atención.

Esto se ilustra en la respuesta que da el Señor Jesús a los judíos cuando estos le pidieron que les dijera abiertamente si él era el Cristo “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn. 10:24-28 RVR1960).

Si hemos creído al Señor es porque fuimos escogidos para ello, sólo por eso hemos podido escuchar su voz y seguirlo.  Porque él nos llamó por nuestro nombre, nos atrajo a sí mismo y nos hizo aceptos en el Amado, podemos disfrutar las verdades de su Palabra y ser libres del pecado y de la muerte. Esto tiene que hacernos inclinar la cabeza ante el poder de Dios y su infinita misericordia, que siendo nosotros pecadores y merecedores de la muerte, decidió sacrificar a su propio Hijo para salvarnos, sólo porque quiso, porque nos amó.

Podríamos habernos pasado la vida entera persiguiendo “objetos extraños” sin ver la verdad que siempre estuvo ante nuestros ojos, “porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20 RVR1960).  Pero Dios decidió abrir nuestros ojos y declaró su verdad a nuestro corazón, nos dio vida juntamente con Cristo para que no pereciéramos.

Quienes hemos creído en Cristo tenemos la bendita tarea de seguir predicando a los que aún no creen, confiando en que es el Espíritu Santo quien convencerá a los escogidos, que ellos oirán y seguirán a Jesús, y que es el Señor quien añade a su iglesia los que han de ser salvos (Hch. 2:47).  Seamos agradecidos con nuestro Señor, mostremos los dientes en una cálida sonrisa al prójimo, y compartámosle el evangelio de Cristo, el resultado lo dará Dios.

Marysol Cecilia Rodríguez Zuleta

Equipo Devocionales Diarios ICCCTG

7 comentarios en “¡Dientes!”

  1. Lilia Torres Ramírez

    Pidamos a Dios que nos de sabiduría para predicar su palabra en el momento preciso de nuestros semejantes. Muy bonita reflexión Mary. El Señor te siga bendiciendo.

  2. Dios te bendiga y te guarde Marisol. El Señor te siga usando grandemente bonito recuerdos como olvidar los si ambién soy protagonista de esa vivencia real.

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