Ni yo te condeno

Veía un documental que explicaba la triste historia de la esclavitud y la brutal discriminación que ha sufrido la población negra en los Estados Unidos.  Concluían que pese a que la esclavitud no existe, por un tecnicismo legal, la enmienda XIII de la constitución permite que, a través del encarcelamiento, de alguna manera la esclavitud siga.  Quien cumple una pena no logra saldar su cuenta con la sociedad, sino que su delito le sigue de por vida, impidiéndole votar, conseguir empleo, solicitar créditos y hasta aplicar al arrendamiento de una vivienda, haciendo difícil, y en algunos casos imposible, la reinserción social. 

Observando esto, pude experimentar sentimientos encontrados ante la injusticia y falta de misericordia pero, pensando con cabeza fría, concluía que no actuamos muy diferente al comportamiento que explicaban.  Cuando alguien peca o muestra debilidades, esperamos que pague el precio más alto por sus faltas; una vez se arrepiente y purga su condena terrenal, nos cuesta trabajo liberarle.  Tendemos a poner a las personas en cárceles mentales eternas con indelebles rótulos: mentiroso, acelerado, impulsivo, inconstante, impuntual, infiel, borracho, ladrón, entre otros; no perdiendo oportunidad de recordarles su debilidad o pecado en vez de ayudar a restaurarles.

Juan 8:1-11 relata la historia de Jesús y la mujer que había sido sorprendida adulterando, la cual fue llevada ante Él.  Sus acusadores conocían claramente lo que decía la ley de Moisés, pero querían saber qué diría Jesús.  Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.  Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.  E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra” (Jn. 8:6-8 RVR1960)Ellos esperaban que Jesús inaplicara la ley para culparle de ilegal o que actuara con la misma severidad de ellos para cuestionar la misericordia que le precedía, pero la opción tomada por Jesús no estuvo entre sus proyecciones, el que esté libre de pecados que arroje la primera piedra.

¿Cuántas veces hemos sido nosotros los apedreadores?  Nosotros, que somos receptores de Su gracia y misericordia, solemos ser tan rudos e indolentes con el prójimo, pese a haber gozado la dicha del perdón de la que habla el Salmo 32.  

Jesús, siendo perfecto, con paciencia les puso en perspectiva, quitándoles el mazo de jueces y sentándolos por un momento en la silla del acusado, de donde nunca deberíamos olvidar que el Señor nos ha levantado.  Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor.  Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” (Jn. 8:11-12 RVR1960)

Dios no pasa por alto el pecado, pero en Su misericordia pagó por nosotros la deuda, nos limpia y restaura para que no pequemos más, esperando que demos de gracia aquello que por gracia hemos recibido, ayudando a restaurar al prójimo caído con amor y misericordia, como enseña Gálatas 6:1.

Ni yo te condeno. ¿Dónde está?, ¿quién lo hizo primero?, ¿dónde están?, porque ya se fueron. Fácil es ver la culpa ajena, fácil es emitir condena, fácil es preparar la piedra, pero la autoridad de Su voz el perdón entrega. No tuviste la idea jamás de hacerme sentir inferior… inclinándote a mi bajeza pudiste mirarme, enseñándome que, aun siendo Dios, quisiste salvarme.[1]

Señor, por favor ayúdanos a ver a nuestros hermanos con el amor y la misericordia con que tú nos ves a nosotros.  Gracias eternas por tu inmerecido perdón.

Lisaura Lozada Pedroza

Equipo Devocionales Diarios ICCCTG

15 comentarios en “Ni yo te condeno”

  1. Nelly Susana Narváez Oviedo

    Señor vistenos de tu amor y misericordia para amar y cubrir con tierna compasión a aquel que ha fallado.
    Hermosa reflexión.

  2. Que gran enseñanza, tristemente es una realidad que los cristianos solemos ser los mas severos a la hora de juzgar a los otros, se nos olvida de donde nos saco el Señor y perdemos de vista la gracia y misericordia que ha tenido con nosotros, Dios ayudanos a amar al prójimo como tu nos amas a nosotros… Bendiciones Lisa

  3. No debemos ser jueces severos , pero debemoa juzgar con justo juicio es decir invitando al perdon y al arrpentimiento , no condenando al projimo ya que podemos estar en el mismo lugar.

  4. Señor, perdona nuestras iniquidades, llena nuestro corazón de amor y misericordia para comprender cada situación de nuestros hermanos y dar consuelo, más no juzgar.
    Gracias Lis, bonita enseñanza

  5. Nancy Esther Rodríguez Zuleta

    Excelente reflexión. Nos recuerda cuán difícil es la gracia; cuando la debemos otorgar nosotros, comprendemos su valor. Gracias Lisaura

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