¡Que no se me acabe!

Hace un tiempo tenía la posibilidad de comprar un libro, como en otras ocasiones, consulté con un buen amigo y ávido lector, por sus recomendaciones, pues usualmente tengo cierta afinidad literaria con él. En efecto, terminé comprando uno de los libros que me recomendó, que es una serie de relatos cortos. Comencé a leerlo hace unas semanas y debo confesar que me ha gustado mucho, particularmente.

Cuando llegué a la mitad del libro, fascinado por las historias que hasta ahí había leído, le escribí un mensaje a mi amigo agradeciendo por su oportuna recomendación; añadí en el mensaje, en señal del profundo agrado que hasta entonces había tenido diciéndole: no me lo quiero acabar”. Me respondió que estaba yo en la misma situación que él cuando su madre le preparaba su comida favorita, y le decía: “no me la quiero ni comer para que no se me acabe”.

Me causó gracia esa respuesta porque, a pesar de que suene raro, sin dudas expresa una sensación que a veces experimentamos. Hay placeres momentáneos, instantes, sensaciones, reuniones, un buen libro, un plato de comida, una compañía, etc., que no quisiéramos que acabaran, y desearíamos poder extenderlos o que el tiempo simplemente se detuviese y quedarnos allí en un perpetuo bucle.

Tres de los evangelios narran una de las historias más sorprendentes de Jesús: la transfiguración. Dice Mateo 17:1-2 que “Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz” (RVR1960). ¡Pedro, Jacobo y Juan vieron al propio Cristo rodeado de su gloria celestial! Por si fuera poco, ¡aparecieron allí Elías y Moisés! Ambos hablaban con Jesús (Mt. 17:3).

¡Cuánta debía ser la admiración de estos tres discípulos que habían ido a acompañar a Jesús! Estaban junto a dos de los personajes más importantes de la nación e historia Judía, sobre quienes habían escuchado de las grandes hazañas que Dios había hecho a través de ellos. Pero más importante, estaban viendo la Gloria de Dios físicamente. Al ver tal asombrosa e inesperada escena, Pedro dijo a Jesús: “Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías”. (Mt. 17:4 RVR1960)

Pedro experimentó a otro nivel esa sensación que se mencionaba antes, no quería que ese momento acabara, quería que permanecieran en ese lugar, en sus palabras, bueno era para ellos estar ahí. Debió ser una emoción, un gozo, un impacto muy profundo en el corazón de esos tres hombres, siendo privilegiados de ver y sentir lo que nadie en su generación había visto y sentido. Natural era querer estar allí para siempre. Sin embargo, aún no era el momento definitivo para ellos, eso sólo era un abrebocas de lo que sería la eternidad en los lugares celestiales.

Nosotros también tenemos la oportunidad, por medio de la Salvación, de experimentar la mismísima presencia de Dios, de estar allí en las moradas celestiales y ver su gloria. Lo mejor es que tal deleite será infinito, no será un instante, será por la eternidad. En el Salmo 16:11 (RVR1960) el escritor dice al Señor: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”. ¿Podemos imaginar cómo será la plenitud más perfecta, más que cualquier placer terrenal, para siempre?  Cualquier pena o alegría de este mundo, por larga que resulte, palidece ante una eternidad de gozo junto al Señor.  Gocémonos en su presencia desde ahora, gocémonos en Él para siempre.

Daniel Fernando Bertel Rodríguez

Equipo Devocionales Diarios ICCCTG

6 comentarios en “¡Que no se me acabe!”

  1. Marysol Rodríguez Zuleta

    Gloria al Señor, la eternidad con Cristo no tendrá fin!!! Gracias Daniel por recordarnos que debemos disfrutar de Su presencia.

  2. Nancy Esther Rodríguez Zuleta

    La Biblia dice que desde ya estamos sentados en lugares celestiales con Cristo, de modo que podemos disfrutar atisbos de su gloria, que son los momentos que no queremos terminar, pero nuestra esperanza es disfrutarla por siempre. Excelente reflexión hijo, bendiciones

  3. La palabra de Dios nos anima a deleitarnos en él, esa es una palabra que me produce placer y siempre me imagino algo bien rico al paladar quiero que cada día mi búsqueda hacia Dios me produzca placer

  4. Amén. Gracias Dios por esta esperanza en dónde está leve tribulación momentánea no se compara con la salvación eterna.
    Gracias Dani

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