Sigamos adorando

En nuestra vida siempre se nos presentan situaciones difíciles: la enfermedad, la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, problemas económicos, familiares o profesionales, o quizás simplemente las cosas no salen como lo esperamos. Es ahí cuando nuestra fe en la providencia del Señor es probada y refinada, nuestro carácter es tratado; creo que para muchos de nosotros es difícil elevar alabanzas a nuestro Señor en tales momentos.

Pablo y Silas fueron siervos de Dios, sacaron el espíritu de adivinación de una mujer que los acosaba día tras día. Los amos de esta, al ver que iban a perder dinero por lo que ellos habían hecho, los llevaron a las autoridades, quienes los desnudaron, azotaron y encerraron en lo profundo de un calabozo. Como si fuera poco, les sujetaron los pies en el cepo (Hch. 16:16-40).

Dice la Escritura en el versículo 25 de Hechos 16: “A eso de la medianoche, Pablo y Silas se pusieron a orar y a cantar himnos a Dios, y los otros presos los escuchaban” (NVI). La historia de estos hombres adorando en la cárcel siempre ha sido inspiradora para mí, me enseña que tanto la oración como la alabanza reconfortan nuestro espíritu y fortalecen nuestra fe.

Cuando atravesemos pruebas y dificultades, ¡oremos! La oración es el medio de gracia que nos permite ser fortalecidos para enfrentar las luchas diarias, nuestras almas son alentadas para no desfallecer. El Salmo 55:16-17 dice: “En cuanto a mí, a Dios clamaré; y Jehová me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y Él oirá mi voz” (RVR1960).

Muchas veces olvidamos clamar a Dios en medio de nuestras pruebas, nos dejamos amedrentar por las situaciones que nos rodean y el tamaño de los problemas. Sin embargo, siempre que clamamos al Señor, nos escucha y obra de acuerdo con su voluntad. Puede ser que al instante aparentemente no suceda nada, pero puedo asegurar que, aunque nuestras circunstancias no cambien, tendremos una nueva perspectiva de la situación, saldremos descansados y en paz después de haber orado, recordando que nuestra vida está en Sus manos.

Cuando estemos atribulados, ¡alabemos! David fue un hombre perseguido y acechado, en medio de ello declaró en el Salmo 86:12 “Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón, Y glorificaré tu nombre para siempre” (RVR 1960). David es un gran ejemplo de cómo debemos reaccionar los hijos de Dios ante los tiempos difíciles o de prueba, alabando.

Alabar a Dios no es solo cantar una canción, es derramarle nuestro espíritu en adoración sincera. Las canciones de alabanza pueden convertirse oraciones cantadas que le expresan nuestro sentir al Señor, que declaran Su Palabra y glorifican Sus obras. Los himnos que cantaban Pablos y Silas eran tan profundos y honestos, que no solo eran escuchados por los demás presos, sino que luego hubo un gran temblor en ese lugar (Hch. 16:26).

¿Y si no sentimos deseos de alabar a Dios hoy? Dios nunca dejará de ser Dios sólo porque no sintamos ganas de alabarlo, recordemos que nuestros estados de ánimo o sentimientos no determinan si honramos a Dios o no, le adoramos porque Él es Dios y es digno de ello.

Sigamos adorando a Dios en medio de la tormenta, de las pruebas, en medio del camino, aun cuando no sepamos a donde ir, que nuestro corazón no se canse de alabarlo y bendecirlo.  “Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Alaba, alma mía, al Señor. Alabaré al Señor toda mi vida; mientras haya aliento en mí, cantaré salmos a mi Dios.” (Sal. 146:1-2 NVI)

 

Mayra Quiñones Herrera

Equipo Devocionales Diarios ICCCTG.

 

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